Un equipo de coreógrafos ha desarrollado un escenario interactivo capaz de detectar la presión, la velocidad y la dirección de cada paso. Estas variaciones activan paisajes sonoros y patrones luminosos que evolucionan junto a la danza, creando una pieza que no puede repetirse de la misma manera dos veces.
El proyecto investiga cómo cambia la interpretación cuando el bailarín no solo ocupa el espacio, sino que lo “escribe” con su propio cuerpo. La combinación de técnica, improvisación y respuesta inmediata del entorno convierte cada función en un experimento vivo.








